ENCARNACIÓN DE UN CAPELLÁN EN EL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO
A partir de algunos Hechos (HV) recogidos en el Cuaderno de Vida (CV), me propongo hacer un breve recorrido sobre el sentido y significado de mi presencia en el Hospital Psiquiátrico (HP) de Alava en Vitoria del que soy capellán desde hace siete años.
27.10.19. Inicio de la Capellanía en el Hospital Psiquiátrico.
Esta mañana, por primera vez, me he hecho presente en el HP. El vicario de la zona (Preci) me ha acompañado para hacer el relevo como capellán en este centro. Tras un ínterin sin capellán, y ya con el nombramiento oficial para ejercer como tal, Preci me ha guiado hasta llegar al local multiusos donde se celebra la Misa dominical. Desde la entrada principal y por todo el camino hasta llegar al lugar de la celebración, varios residentes se han acercado a saludar a Preci y él me ha presentado como el nuevo capellán. Ya en el salón, nos encontramos con Tere que ya tenía todo preparado y dispuesto para la celebración. Según van llegando los feligreses, Preci me los presenta y nos saludamos. Celebración en un clima muy cercano y participativo.
Cuaderno de vida de Eduardo:
“Cuando estrujamos el tiempo, en el débil te reconozco, aunque sea de noche”
Soy Eduardo Calleja, sacerdote rural jubilado, cura de pueblo y riojano de Araba. No tengo ningún cargo eclesiástico. Tampoco lo necesito. Mi vocación sigue siendo la misma de siempre: seguir a Jesús allí donde la vida me llama.
Tengo un hermano sacerdote, mi querido hermano. Tiene ochenta y seis años y desde hace casi tres años padece un ictus. Convive cada día con las huellas de esta enfermedad que poco a poco va limitando sus capacidades, sus palabras y su autonomía.
Hoy mi principal tarea pastoral tiene nombre propio: acompañar a mi hermano.
Y digo bien: aprender a acompañarlo.
CURA JUBILADO EN PUEBLOS PEQUEÑOS (ÁLAVA)
Soy un cura alavés, jubilado. Los fines de semana vuelvo a los pueblos de la Llanada como quien regresa a casa: con pasos más lentos, pero con el corazón despierto. Me asignan dos pueblos cada domingo. Muchos ya los conozco; otros me reciben como se recibe a un vecino más. No traigo soluciones grandes. Traigo presencia, escucha y un poco de pan compartido.
Me pidieron contar algo. Lo hago desde la sencillez, como en una revisión de vida del Prado: dejando que los pequeños hechos hablen, porque ahí —en lo pequeño— suele esconderse la semilla.
El domingo del Buen Pastor celebramos en un pueblecito. Cuatro mujeres mayores. Podría parecer poco. Pero dos de ellas cuidan rebaños de ovejas; otra tiene ganado mayor y su marido vive en una residencia con Alzheimer. Mientras el evangelio habla del pastor que conoce a sus ovejas, ellas hablan de nombres, de cuidados, de noches en vela. La Palabra se hace carne en sus historias. Y, sin darnos cuenta, la iglesia se vuelve hogar: nos reconocemos familia, pequeña comunidad que intenta vivir al estilo de Jesús.