I Domingo de Adviento - C. 2021

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Estudio de Evangelio. Julio Brezmes Valdivieso, diócesis de Valladolid

Llamada fuerte: vigilantes y esperanzados

 

28 noviembre 2021. Lc. 21, 25-36

                

         Adviento significa: venida. Tiempo para preparar la venida del Señor. Su venida gloriosa al final de los tiempos no será otra cosa que la revelación de las venidas que ahora realiza en nosotros, porque el Señor ya vino y nos enseñó el camino para acogerlo en el hoy de nuestra historia y poder participar de su presencia gloriosa.
 
         Adviento, tiempo de espera y conversión. Tiempo de despertar y velar, enderezar las sendas y allanar los caminos porque el Señor está cerca.
 
         Adviento tiempo de esperanza. Para que la espera no sea absurda, esperamos la venida de Alguien que llega, el Salvador que transforma nuestras vidas, camina a nuestro lado y confirma la esperanza para la misión.
 
          Pero, qué hemos hecho de la esperanza? Seguimos diciendo que esperamos la venida del Señor, pero, en realidad, ¿la esperamos? ¿mantenemos la puerta abierta, la luz encendida y la mesa preparada para cuando llegue? “Hay que reavivar la llama de la esperanza a cualquier precio. A toda costa hay que renovar en nosotros el deseo y la esperanza del gran acontecimiento. ¿Dónde hallar la fuente del rejuvenecimiento? En una conexión más íntima entre el triunfo de Cristo y el esfuerzo de los hombres por edificar aquí y ahora el Reino que Él nos anunció”.(Teilhard de Chardin)
 
           ¿Cómo hacerlo en este tiempo de sinodalidad? Sabiendo interpretar los signos de los tiempos, cobrando el ánimo y levantando la cabeza porque se acerca nuestra liberación.
 
           Velad. Llamada urgente que el Señor nos hace. Las imágenes que utiliza son una invitación a vivir despiertos (ladrón, llegada repentina del amo, criados solícitos, doncellas atentas a la llegada del esposo, etc.). No son una amenaza sino el anuncio gozoso de una promesa “dichosos los criados, que el Señor al venir encuentre despiertos; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y les servirá” (Lc.12,37-38).
 
           Si de verdad “queremos juntos caminar” respondiendo a la llamada que hoy nos hace la Iglesia tengamos los mismos sentimientos y pongamos los corazones en la misma dirección.
 
           El sentir lo mismo tiene que ver con el corazón porque es él quien modela nuestros proyectos, nuestra comprensión de la realidad y nuestra afectividad, es quien determina la mirada para proyectar, el sentido de la proyección y nuestra afectividad y marca el camino que hacemos. Pedro, Santiago y Juan seguían a Jesús pero tenían puesto el corazón en el montaje del mundo (poder, primeros puestos, méritos); Jesús lo tiene puesto en Jerusalén, por eso les dice: “ Sentís lo que los hombres, no lo que Dios siente”. ¿Dónde nosotros lo tenemos puesto?
 
                Pongamos nuestro  corazón en la misma dirección de Jesús: Abba, el Reino, la Iglesia, los pobres y demos un vuelco al corazón porque Él encabeza la marcha y es el camino que conduce a la vida verdadera dejándonos arrastrar por el Espíritu que ha entrado en nuestro corazón y “viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pues  el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta nuestros corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu y que su intercesión a favor de los santos, es según Dios” Solo así sintonizaremos  con el querer de Dios. (Rom. 8,26-27)