Domingo 32º T.O. - A

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Estudio de Evangelio. Fco Javier García Cadiñanos

Jesús sigue saliendo al paso de nuestras vidas para celebrar la fiesta de su amor y alianza con esta humanidad enferma de pandemia. ¿Cómo encontrarlo y reconocerlo? Acojamos su Palabra, lámpara que ilumina el camino de ese encuentro

 

8 noviembre 2020. Mt 25, 1 - 13

 

Jesús ha llegado a Jerusalén y ha entrado en el Templo. Tiene los días contados y sus palabras, en la versión de Mateo, llaman a la vigilancia frente a la próxima tribulación y juicio. Este tono sombrío indica el fin de los tiempos, pero también el fin de la vida de Jesús y nuestra propia vida. Es conocido como discurso apocalíptico, o sermón sobre los últimos días.
 
Con toda la Iglesia, vamos caminando hacia el final del Año litúrgico que apunta hacia el futuro de la historia en Dios. Los textos que se nos regalan nos irán poniendo en esta clave
 
Contemplando a Jesús
 
Jesús se identifica en esta parábola con el novio que se sale a recibir (25, 1). Tras el periodo de compromiso inicial, el novio viene rebosante de alegría a buscar a la novia para ir a vivir juntos en el nuevo hogar. El novio ha sido perseverante y fiel en este periodo previo. Él ha ido mostrando su amor hasta la desposesión total que se consumará en la Cruz. Llega dispuesto a la donación plena. “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13)
 
Jesús es el novio que tarda en llegar y se presenta en la medianoche (25, 5 – 6). No llega en los tiempos previstos y calculados. Se escapa de todas nuestras previsiones y programaciones. Rompe nuestros esquemas y tiempos. Y se presenta en los momentos inesperados, cuando la noche se cierra y no hay luz, ni se ve clara la vida. Como antaño en el lago, entrada la noche (Mt 14, 24 – 27). Como en la noche del domingo de la Pascua (Lc 24, 35 – 39)
 
Jesús es el novio que celebra la fiesta nupcial. Y lo hace de manera compartida con la gente del pueblo. Siente, goza, camina con su pueblo. Su experiencia de amor desborda. “Yo volveré a veros y de nuevo os alegraréis con una alegría que nadie podrá quitaros” (Jn 16, 22)
 
Jesús es el novio que no reconoce a las muchachas que lo llaman desde fuera (25, 12). “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre” (Mt 7, 21) Aquellas palabras al inicio del ministerio público de Jesús, se van desvelando al final ya de su recorrido a las puertas de la entrega en la Cruz. No basta entonces creerse de la comunidad. Es preciso vivir el deseo del Padre. “Porque ésta es la voluntad de mi Padre, que todo el que conoce al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna” (Jn 6,40) Jesús ha conocido al Padre y, por amor a Él y desde Él a sus hermanos, le entrega toda su vida. En esa fidelidad ha vivido cada encuentro. Y esa es la preparación a la que nos llama a sus seguidores. Seremos reconocidos por Él, al final de nuestra historia, si hemos sabido reconocerle a Él en nuestros hermanos sufrientes entregándonos a su servicio (Mt 25, 44 – 45)
 
Jesús es el que nos llama a la vigilancia. Una vigilancia de la que él mismo ha sido testigo y maestro. Doblegando las asechanzas del enemigo en las tentaciones desde la Palabra (Mt 4, 1 -11), combatiendo toda clase de mal “proclamando la Buena Noticia del Reino y sanado entre el pueblo toda clase de enfermedades y dolencias” (Mt 4, 23), superando la justicia de los letrados y fariseos (Mt 5, 20), buscando ante todo el reino de Dios y su justicia (Mt 6, 33), atravesando la puerta estrecha de la donación total (Mt 7, 13). Así se convierte en la luz anunciada por el profeta Isaías: “Galilea de los paganos. El pueblo que vivía en tinieblas vió una luz intensa, a los que vivían en sombras de muerte les amaneció la luz” (Mt 4, 15 – 16)
 
Contemplando a los otros personajes
 
Las muchachas necias toman sus candiles, pero no llevaron aceite (25, 3). Se confiaron en exceso. No pensaron en imprevistos. Estaban demasiado seguras de ellas mismas. Como el necio de la gran cosecha que no sabe reconocer que la vida no depende de los bienes (Lc 12, 15). Han acumulado para sí mismos, pero no para los demás.
 
Es la necedad que muestran también los discípulos de Emaús (Lc 24, 25). Tan llenos y enfrascados de sus planes y expectativas, no habían descubierto al Esperado en Aquel que lo dio todo para mostrarles su amor. Cegados de un mesianismo triunfalista, no han hecho suyo que la cruz es el paso obligado a la gloria.
 
Las muchachas necias quedan retratadas en el final del discurso del monte. Han escuchado la Palabra, pero no la han puesto en práctica, por lo que al venir lo imprevisto, se derrumbaron (Mt 7, 24 – 27). Estar en el grupo, incluso oír la Palabra del Maestro no es suficiente. Es preciso hacerlo experiencia, mediante la puesta en práctica. Una experiencia personal e intransferible que nos ayuda a entender porqué las prudentes no pudieron compartir con ellas el aceite.
 
Las otras protagonistas, las muchachas prudentes. Ellas llevan “frascos de aceite con sus candiles” (25,4). No las tienen todas consigo. Han pensado un poco más allá del tiempo presente. Se sienten necesitadas, no autosuficientes. No basta el aceite que llevan en sus candiles. Para vivir en la luz, les hace falta también la energía que está más allá de ellas mismas: la Palabra. “Lámpara es tu palabra para mis pasos” (Salmo 118).
 
Todas se duermen ante el retraso del novio. Pero lo que marcará la diferencia no es el haberse dormido, el haberse rendido al sueño. Lo que las diferencia es aquellas que han vivido abiertas al acontecimiento más allá de sí mismas y aquellas que lo han vivido encerradas en sí mismas. Las prudentes han esperado desde la entrega, las necias sólo han pensado en sí mismas.
Y así lo demuestran cuando son despertadas ante la inminencia del novio que llaga. Es entonces cuando las necias piden a las prudentes. “Dadnos algo de vuestro aceite porque se nos apagan los candiles” (25, 8) Son sus candiles los que se apagan. Siguen centradas en ellas mismas. No han descubierto aquello del Maestro “Quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la salvará” (Lc 9, 24).
 
Contemplando la vida
 
La pandemia ha puesto al descubierto a nuestras comunidades. Sobrevino sin prepararnos. Y nos alcanzó la noche de la desolación y la incertidumbre. Y el esposo sigue viniendo a nuestro encuentro en medio de las sombras.
 
En nuestras comunidades hay personas que, como las necias, corren el peligro de perderse al esposo y la fiesta del amor. Han preferido cerrarse la puerta y blindarse a todo encuentro. Las ha pillado desprevenidas, centradas en sus heridas sin mirar más allá. Las ha encontrado desprovistas de entrega, buscando únicamente su seguridad y bienestar. Pensaban en un dios a su medida que no las ha solucionado sus problemas y han abandonado. Han ido a buscar otros sucedáneos autopacificadores o, bien han ido a comprar confrontación y polarización para no acabar de descubrir sus carencias.
 
Y también en nuestras comunidades hay personas que, como las prudentes, llevaban ya mucho en la mochila de entrega y donación. Han preferido seguir escuchando la Palabra para discernir en la noche. Siguen buscando a Dios a tientas entre los últimos. Les ha faltado tiempo para ser creativos e imaginar maneras nuevas de llegar. Enseguida han echado mano en la cartera para compartir. Están capeando y resistiendo para no cerrar el negocio y despedir a su gente. Han puesto carteles en los portales para ofrecerse a sus vecinos. Han generado redes de solidaridad en el pueblo y en el barrio. Siguen arriesgando en su trabajo para que no falte lo imprescindible.
 
Llamadas, conversión y compromiso
 
La llamada final que Jesús nos hace, entre otras muchas, es a vigilar. Él sigue viniendo. También en esta noche de pandemia que vivimos. Y quiere celebrar el banquete del Amor con todos nosotros.
 
Sabremos reconocerle en la medida en que la Palabra siga iluminando cada jornada de nuestras vidas como brújula de nuestro actuar. Podremos salir a su encuentro, cuando empujados por la Palabra, salgamos también a los cruces de los caminos para que aquellos olvidados y desorientados, puedan alimentarse de su amor por nuestra mano tendida a ellos. “Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina.
 
Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana” (Papa Francisco, IV Jornada Mundial de los Pobres 2020). Este entrenamiento en la vida ordinaria, ayudará a afrontar la noche incierta de la muerte, nuestra pascua, y ojalá escuchar aquello de “muy bien, siervo honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco…entra en la fiesta de tu amo” (Mt 25, 23)
 
Una conversión importante es ajustar la escucha con la práctica. Jesús se enfrenta a menudo con la hipocresía de los fariseos y letrados. Expertos en leyes y en textos sagrados, sus vidas están lejos del dolor del pueblo. Jesús nos indica que el camino de llegada a Dios pasa por el hermano apaleado en el camino. “Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaría, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el paso.
 
En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que no hemos de tenerle miedo (Papa Francisco, Fratelli Tutti 70)
 
Que nuestro compromiso sea acompañar a nuestro pueblo sufriente en la prudencia. Una prudencia que se amasa en la escucha atenta de la Palabra y en la vivencia del compromiso. Quizás desde este evangelio, descubramos la importancia de acompañar procesos que engendren discípulos misioneros desde la Palabra leída desde la vida y desde la vida transformada por la Palabra. No necesitamos sacerdotes para presidir cultos que se han convertido en ritos vacíos. Tampoco sacerdotes para enseñar doctrinas alejadas de la realidad. Ni sacerdotes que sean jueces de conciencias y comportamientos ajenos. Jesús, como a Pedro (Jn 21, 15 – 25) nos llama a seguirle sólo a Él apacentando el pueblo que nos ha regalado. Un pueblo que necesita alimentarse de una Palabra que alumbre esta noche que le asola. Un pueblo llamado a ser luz del mundo que ilumina como la ciudad construida sobre el monte (Mt 5,14). Una luz que sólo es Jesús (Jn 8, 12)
 
 
Fco. Javier García Cadiñanos. Diócesis de Burgos