Josep María Romaguera i Bach. Diócesis de Barcelona
Jesús anuncia que Dios, el Señor del cielo y de la tierra, ha comenzado a instaurar su reinado en medio del mundo. La presencia de Dios es visible en la persona de Jesús, en sus palabras y en sus acciones –curando–, y en quienes se reúnen alrededor de él, respondiendo a su llamada, como pueblo.
Notas por si hacen falta
Notas sobre el contexto y sobre algunos términos
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No es indiferente que Jesús comience su misión en Galilea (12) en lugar de hacerlo en el centro social y religioso de Israel. Se trata de una región donde había poblaciones judías y no–judías (=“gentiles”). Y Jesús quiere que la Buena Noticia (23) de que “está cerca el Reino de los cielos” (17)– llegue a todo el mundo, a todo “el pueblo” (23) y a todos los pueblos (Mt 28,19).
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Sobre el término “gentiles” (15) que aparece en la cita de Isaías (Is 8,23-9,1), hay que tener en cuenta que el Antiguo Testamento (Is 2,2-5; Jr 16,19-21; Za 14,16-19) distinguía entre el pueblo de Israel –que como ‘pueblo’ se comprometió a adorar al Señor, el único Dios– y los “gentiles” –adoradores de otros dioses–.
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El Señor escogió a Israel para hacer de él ‘su pueblo’ y darle la misión de llevar la “luz” (16) de la Ley a los pueblos extranjeros. Las demás ‘naciones’ eran llamadas a “convertirse” al Señor y a venir a Jerusalén a adorarlo. En el Nuevo Testamento se realizan las profecías del AT cuando, por ‘la acción’ (19.23) de los cristianos (19), los no–judíos, es decir, los pueblos “gentiles”, reciben el anuncio del Evangelio (17.23); anuncio por el cual se convierten, también, en “pueblo”, un “pueblo que vio una luz grande” (16). Los Magos de Oriente son la primicia (Mt 2,1-12). Pablo reconocerá que el anuncio del Evangelio convierte a los “gentiles” en justos por la fe (Rm 9,23-33).
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Según la costumbre judía, que evita pronunciar el nombre de Dios, el evangelio de Mt usa casi siempre “Reino de los cielos” (17) en lugar de ‘Reino de Dios’ (con excepciones: 6,33; 12,28; 19,24; 21,31.43).
Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio
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Jesús anuncia que Dios, el Señor “del cielo” y de la tierra, ha comenzado a instaurar su “reinado” en medio del mundo (17). La presencia de Dios es visible en la persona de Jesús, en sus palabras y en sus acciones –“curando”– (23), y en quienes se reúnen alrededor de él respondiendo a su llamada como pueblo.
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Esta presencia del “Reino” (17) pide “conversión” (17). Pero la pide a todo el mundo, no sólo a los “gentiles”. Porque la “conversión” es un cambio de actitud, de vida. La “conversión” no se reduce a cambiar a un dios por otro en el aspecto cultual, sino que consiste en adorar a Dios con la vida. Volver sinceramente a Dios y acogerlo en los demás.
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La llamada (19) dice, propiamente, ‘venid detrás de mí’. Es decir, ‘seguidme’, ‘sed discípulos’. La respuesta a la llamada, la “conversión”, pasa por ponerse en movimiento, pasa por “dejar” (20.22) una vida y comenzar otra. Es una verdadera transformación, un crecimiento desde la propia realidad: “pescar” de otra manera (19), y “pescar” con otra finalidad, la de liberar del mal, representado por el mar.
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Esta llamada de Jesús siempre es personal: es llamada personal a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan ... (18-22).
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Y es una llamada del Maestro a los discípulos (19.21). Esto es sorprendente: lo normal era que los discípulos escogían al maestro. Lo que aprenderán de Él, entonces, lo reciben gratuitamente. De este modo ellos, como apóstoles (=militantes), cuando llamen a otros en nombre de Jesús darán gratuitamente lo mismo que han recibido (Mt 10,8).