Cuaderno de vida de Eduardo:
“Cuando estrujamos el tiempo, en el débil te reconozco, aunque sea de noche”
Soy Eduardo Calleja, sacerdote rural jubilado, cura de pueblo y riojano de Araba. No tengo ningún cargo eclesiástico. Tampoco lo necesito. Mi vocación sigue siendo la misma de siempre: seguir a Jesús allí donde la vida me llama.
Tengo un hermano sacerdote, mi querido hermano. Tiene ochenta y seis años y desde hace casi tres años padece un ictus. Convive cada día con las huellas de esta enfermedad que poco a poco va limitando sus capacidades, sus palabras y su autonomía.
Hoy mi principal tarea pastoral tiene nombre propio: acompañar a mi hermano.
Y digo bien: aprender a acompañarlo.
Porque acompañar no es hacer grandes cosas. Es estrujar el tiempo para estar. Es hacerse presente. Es visitar cada día. Es sentarse a su lado cuando apenas puede comunicarse. Es tomarle de la mano para pasear despacio. Es escuchar sus silencios, interpretar sus gestos, intuir sus inquietudes. Es permanecer cuando las palabras ya no alcanzan.
La familia procuramos estar cerca de él. Cada presencia cuenta. Cada saludo importa. Cada mensaje, cada caricia, cada rato compartido se convierte en un pequeño sacramento de humanidad.
Yo intento acompañar, estar y rezar, con la Palabra de Dios, sacramento de Jesucristo presente, con el amor del Padre y el amor del Padre y el ánimo del Espíritu. Con la Palabra de Dios guardada en el corazón, con la certeza de que Jesucristo sigue presente en medio de nuestra fragilidad. A veces no puedo compartir con él una lectura del Evangelio ni una conversación sobre la fe. Pero voy descubriendo que el acompañamiento también habla de Dios cuando las palabras faltan.
Ayer, a las cinco de la tarde fui a verle. La cena es a las siete y media, pero a las siete ya estaba inquieto. Miraba alrededor con nerviosismo. El silencio pesaba. Había mal gesto en su rostro.
Llegó el momento de marcharme.
Le dije despacio:
—Hermano, hasta mañana, si Dios quiere.
Entonces ocurrió algo sencillo y enorme.
Mi hermano me miró y respondió:
—Gracias, hermano.
Solo dos palabras.
Pero aquellas palabras iluminaron la tarde.
Volví caminando a casa emocionado. Sentí una alegría serena por dentro. Comprendí que, cuando estrujamos el tiempo para cuidar a quien es más vulnerable, no solo ayudamos al otro: también somos ayudados nosotros. El cuidado nos humaniza. Nos ensancha el corazón. Nos devuelve a lo esencial.
Aquella noche dormí profundamente.
Y mientras descansaba, me parecía escuchar en aquellas dos palabras de mi hermano algo más grande:
«Gracias».
Como si en su voz hablara también el Señor.
Porque muchas veces, cuando acompañamos al débil, cuando sostenemos una mano cansada o compartimos un silencio, es Dios mismo quien sale a nuestro encuentro.
Y entonces, aunque sea de noche, le reconocemos.
ORACIÓN
Tómame a mí, toma mi historia, Señor
(A la luz del testimonio de Eduardo Calleja)
Estrujé mi reloj para estar cerca,
allí donde la noche se hizo voz;
tomé una mano frágil y, en los dos,
tu luz nació callada, pero cierta.
No hubo sermón ni palabra despierta,
tan solo un "gracias, hermano", y en su adiós
reconocí tu paso, Señor Dios,
en la carne que el tiempo ya desierta.
Gasté la vida en cuidar y acompañar,
y al volver a mi casa comprendía
que quien consuela también recibe pan.
"Aquí estoy", te decía al caminar;
toma mi historia, mi noche y mi alegría:
en el débil te encuentro una vez más.
(Pplu-10-6-2026)