Escritos Espirituales

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Escritos Espirituales del Beato Antonio Chevrier es un libro breve, de unas cien páginas en formato pequeño, publicado  poco antes de la beatificación de Antonio Chevrier en octubre de 1986.

Se buscaba dar a conocer a un mayor número de simpatizantes del Prado la gracia que marcó decisivamente la vida de Antonio Chevrier, y el dinamismo que el  carisma y la vocación pradosiana aporta a toda la Iglesia.

 

Es una colección de textos seleccionados sobre todo de El sacerdote según el Evangelio, o el verdadero discípulo de nuestro Señor Jesucristo, obra fundamental de Antonio Chevrier, escrita para la formación de los seminaristas del Prado. Se añaden textos entresacados de las Cartas, dirigidas a sacerdotes, seminaristas, colaboradoras catequistas, personas que buscaban orientación para seguir a Jesucristo  con mayor fidelidad. Forman parte también de estos  Escritos Espirituales apuntes  manuscritos de su propio  estudio personal de Nuestro Señor, así como algunos  testimonios aportados con ocasión del proceso de la beatificación.

 

 

La selección de los textos  la ha hecho Yves Musset, el sacerdote del Prado que en los últimos años mejor ha conocido el itinerario espiritual y los manuscritos de Antonio Chevrier. Suya es también la sistematización; no solo agrupa los escritos en torno a determinandos temas sino que acierta a mostrar la experiencia profunda que vivió el beato Antonio Chevrier y es ofrecida  a cuantos lo acogen como guía espiritual.

 

Todo empieza por escuchar la llamada de Dios. Sensibilizado por la pobreza de las gentes de La Guillotière, se sintió profundamente commovido al contemplar en la noche  de Navidad de 1856 el abajamiento del Hijo de Dios en su Encarnación. Su vida quedó determinada desde entonces. Fascinado por el amor que nos tiene Jesucristo, que le lleva a hacerse uno de nosotros, Antonio Chevrier lo reconoce como la Luz que alumbra nuestra vida, la Sabiduría que hace comprender el sentido de todas las cosas, el único Maestro que enseña “con autoridad“ cómo es Dios. Se siente fuertemente atraído, nunca obligado, por la grandeza y la belleza de Jesucristo.  La decisión de responder con toda generosidad a la llamada de Dios marcará decisivamente toda su vida.

 

Si no se puede amar lo que no se conoce, no es menos cierto que lo que se ama se quiere conocer más. Al beato Chevrier todo el tiempo le parecía poco para estudiar el Evangelio y conocer mejor a Jesucristo. Conocer a Jesucristo a través del Evangelio produce la unión con él. “Tomo a Jesús como Maestro. Quiero escucharle y seguirle, como un verdadero discípulo, no de lejos, sino lo más cerca posible“. Y esto es lo que propone a los que  se dejan formar por él: “Nuestra unión con Jesucristo debe ser tan perfecta, que los hombres deben decir al vernos: ¡es otro Jesucristo!“ . Ser pobres como él en el pesebre, crucificados como él para la salvación de los pecadores, comidos como él en el sacramento de la Eucaristía.

 

De la unión con Jesucristo nace  el amor y el  servicio a los pobres. El beato Chevrier quiere que cuantos toman a Jesús por Maestro y se asocian a su trabajo en El Prado, elijan preferentemente la compañía de los pobres y los pecadores. “Hay que instruir a los ignorantes, evangelizar a los pobres. Es la misión de Nuestro Señor. Es la misión de todo sacerdote, particularmente la nuestra“. Pero no se puede evangelizar a los pobres si no se vive la pobreza evangélica; la pobreza no sería verdaderamente evangelizadora si no fuera, como la de Cristo, expresión del amor más grande. Dar la vida por los amigos se hace voluntariamente, pero implica sufrimiento y despojamiento. El amor que hace sentir la urgencia de la misión, de hacerse pobres para dar a conocer a Jesucristo a los pobres, es un don del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios nos da el amor. El Espíritu Santo produce en nosotros a Jesucristo. Se trata,  pues, finalmente de llegar a ser santos. Sólo los santos pueden renovar el mundo.

 

Ángel Matesanz Rodrigo