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El Prado. La espiritualidad del Padre Chevrier. Alfred Ancel

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En el prólogo de este libro, el Padre Ancel dice: “Voy llegando al final de mi vida y he querido redactar este libro como una especie de testamento espiritual.  Este estudio del P. Chevrier me ha aportado mucho.  Creía conocerlo, pero lo he descubierto más”.
 
Al escribir este libro, no quiere el P. Ancel hacer una nueva biografía sobre el Padre Chevrier (ya hay varias), sino una síntesis de su espiritualidad apostólica; espiritualidad, y no solo proyecto apostólico, sabiendo que la espiritualidad del P. Chevrier es evidentemente apostólica, puesto todo en ella está orientado hacia el apostolado desde la espiritualidad.
 
A. Chevrier quiso ser a la vez discípulo y apóstol, y es lo que quería inculcar a sus seminaristas y a sus sacerdotes: Ser al mismo tiempo discípulos de Jesucristo (aprender de él constantemente, en el estudio de su Palabra y de su persona, en el amor y admiración por su belleza y su grandeza: conocer a Jesucristo lo es todo, amar a Jesucristo lo es todo, tener el Espíritu de Jesucristo lo es todo) y apóstoles de Jesucristo.
 
Después de una breve biografía del P. Chevrier, escribe este libro a partir de un esquema sencillo y fácil de comprender para quienes se sienten atraídos por su persona y su manera de ser sacerdote según el Evangelio.
 
1.  Sus convicciones fundamentales: Conocer a Jesucristo lo es todo. Tener el Espíritu de Dios lo es todo. Conocer a Jesucristo para tener el Espíritu de Dios lo es todo. Y los medios que él propone para llegar ahí son:  apasionamiento por Jesucristo, pedir el Espíritu de Dios en la oración y estudiar el Evangelio. Todo esto lo encontramos expresado en la bella oración “Oh Verbo, oh Cristo”, en el Verdadero Discípulo. Conocimiento que es al mismo tiempo Amor a Jesucristo: “Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame”. Y renunciar a sí mismo.
 
2.  El P. Chevrier sabe que no basta solo configurarse con Cristo interiormente, sino que son necesarios unos signos exteriores; la perfección evangélica se ha de realizar en la pobreza, en la humildad, en el sufrimiento y en la entrega total a los demás. El deseo de configurarse con Cristo es lo que unifica el interior y el exterior del discípulo. Y llega a esta conclusión bien conocida por los pradosianos: la perfección está encerrada en tres fases de la vida de Nuestro Señor: El Pesebre, la Cruz y el Tabernáculo (el Sagrario, lo llamamos en castellano). El Pesebre como preparación para el despojamiento y la pobreza, el Calvario como renuncia a todo en este mundo y el Tabernáculo como crecimiento de la santidad en el amor perfecto. 
- EL PESEBRE, que conduce a la opción por los pobres, a la pobreza evangélica y a la humildad según el Evangelio.
- EL CALVARIO, que conduce a identificarse con Cristo en el sufrimiento y en la cruz. 
- EL SAGRARIO (tabernáculo), donde el amor crece en lo divino y en lo humano, el amor a Dios y el amor a los hombres, de donde se sacan las consecuencias de la caridad y el apostolado, con el fin de llegar a ser buen pan, como lo es el Pan de la Eucaristía, el mismo Cristo.
 
3.  A partir del capítulo quinto el Padre Ancel hablará de la acción apostólica del P. Chevrier. No volverá sobre lo que el apóstol debe ser sino cómo debe obrar para que su apostolado  sea más conforme con el Evangelio: su presencia en medio del mundo, la predicación, la catequesis, los sacramentos; y cómo evitar  en la vida sacerdotal todo aquello que pueda ser obstáculo al Evangelio, es decir, cómo dejar hacer a Dios , cómo contar sólo con Dios y con nada más: “Quiero escuchar, meditar y cumplir tu Palabra, porque en ella están la vida, la alegría, la paz y la felicidad…Habla, Señor, tú eres mi Señor y mi Maestro, sólo a Ti quiero escuchar” ( Oración Oh Verbo, oh Cristo). Y todo esto en la comunión con la Iglesia.
 
4.  El P. Ancel dedica el capítulo sexto de su libro a la manera y medios que el P. Chevrier se da para constituir una comunidad según el Evangelio. En varias ocasiones confiesa sentirse muy solo en el Prado, pero nunca estuvo solo. Siempre estuvo rodeado de hermanos, hermanas, niños en la catequesis, seminaristas, unos cuantos sacerdotes. Él era el superior y podía organizar a los suyos, y así lo hizo. La impresión de soledad le viene de su misma convicción de que no basta vivir juntos para que haya vida de comunidad. Lo exterior es necesario, pero no es suficiente. El considera necesario buscar ante todo el interior para que haya verdadera vida de comunidad. No lo conseguía, pero no paraba en el esfuerzo por conseguirlo, y esto hasta el final. Él quiere formar una familia espiritual, donde todo reciba el apoyo comunitario según el espíritu evangélico (vida en común, reglamentos, obediencia, posesión común de los bienes, prácticas comunitarias…), todo aquello que hace posible el crecimiento permanente de la comunidad.
 
El Padre Ancel, en el prólogo de este libro, hace una sentida confesión: “He sido seducido por el P. Chevrier, por su veracidad.  Tomó el Evangelio en serio. Para él el Evangelio era Jesucristo, y a él se entregó totalmente, quería seguirlo cada día más de cerca y hacerse semejante a Él. Y quiere arrastrar consigo, por el mismo camino, a aquellos que aceptaron unirse a ál. Y lo quiso porque así se lo pedía Dios y esto es lo que le pedían los humildes obreros de su parroquia”.

 

Damián García Serrano

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