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Bautismo del Señor

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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

BAUTIZADOS PARA IMPLICARNOS EN LA VIDA CONCRETA

 

“Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-” (Is 40,1-5) es lo que el profeta Isaías proclama con fuerza. Y nosotros añadimos, “hablad al corazón del hombre” y mostrarle lo que el Señor quiere que haga; sensibilizarlo para que se comprometa con el mundo en el que vive y sea signo de esperanza y misericordia.

Isaías también dirá en otro momento “mirad mi siervo, a quien sostengo... Sobre él he puesto mi espíritu… yo, el Señor, te he llamado para la justicia. Para que abras los ojos a los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas” (Is 42,1-7) y “el Señor bendice a su pueblo con la paz” (Salmo 28). Más claro no puede estar, lo que pasa es que nos cuesta entenderlo y, mucho más, llevarlo a la práctica porque trastoca todos nuestros esquemas y prácticas religiosas, exigiendo cambios en nuestra manera de entender y vivir fe.

Pero sigamos descubriendo que lo nuestro es rechazar la vida impía y los deseos mundanos, viviendo en este mundo con equilibrio y piedad (Tito 2,11-14;3,4-7). “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia…”. “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,34-38). Aquí se concreta aún más la misión del ungido por Dios y se concluye que haciendo el bien y curando a los oprimidos, Dios está con el que lo hace, porque la fuerza del Espíritu Santo lo sostiene. “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3,15-16.21-22), nos define lo que es Jesús para Dios: el hombre perfectamente acabado, el Hijo del Hombre e Hijo de Dios que participó de lleno en el destino de la humanidad pecadora, pero que no participa de modo alguno en el pecado humano. Jesús, poco a poco, a modo de proceso, fue descubriendo su sentido y su misión en el mundo.

Y todo ello, por amor al hombre y a la mujer concreta, en cada situación y momento que nos ha tocado vivir. Porque tras el bautismo estamos ungidos con la fuerza del mismo Espíritu de Jesús; somos también enviados con el mismo estilo y opciones de Jesús. El bautizado vive su vida “pendiente de” aquél que más lo necesita y siendo testigo del Jesús ungido por Dios para salvar al mundo. El bautismo cambió la vida de Jesús de una manera radical, pasando del ámbito familiar a la misión; de la vida tranquila de Nazaret a recorrer pueblos y caminos; del silencio y vida oculta a enseñar el Evangelio. Y, haciendo memoria de aquel acontecimiento, a nosotros se nos invita a hacer lo mismo recordando y reviviendo lo que significa nuestro bautismo: crecer en la fe, ser evangelizados por la Palabra de Dios y ser evangelizadores en nuestro ambiente. Nos hacemos constructores de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz llevando el amor misericordioso del Dios que nos ha enviado a su único Hijo, Jesús.

Bautizados, sabemos lo que queremos (pasar haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal) y lo que no queremos, en lo que no colaboramos (injusticias, egoísmo, odio, envidia, división, marginación, exclusión, pobreza, soborno, robo, engaño, etc.). De aquí la necesidad de pasar del ser bautizado con agua a ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo, porque va más allá de un rito vacío y sin sentido, porque compromete nuestra vida en todas sus dimensiones, porque exige de cada uno de nosotros hacer opciones permanentemente y decidir la dirección y orientación que queremos darle a nuestra vida para no perder la esperanza en las personas y en la vida. Porque exige entender la vida desde la oración continua, al igual que Jesús la entendió y la vivió en todos los momentos de su vida y así nos lo presentará San Lucas en muchas de sus páginas, “y mientras Jesús oraba, se abrió el cielo…”. Con este sentido de responsabilidad y compromiso, aceptamos vivir la vida en el interior de la Iglesia santa y pecadora.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 


PREGUNTAS:

  1. ¿Qué implica en mi vida escuchar la voz de Dios que dice Tú eres mi hijo amado, mi predilecto?
  2. ¿Qué cambios ha producido en mi vida el bautismo del Espíritu de Jesucristo? Concretar y describir el momento en que lo sentí. ¿Hacia dónde me lleva?